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"Eles tentaram nos enterrar, mas não sabiam que éramos sementes! "

Proverbio mexicano
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quinta-feira, 24 de março de 2016

Amigos e amigas....
abaixo segue a Homilia de Quinta-feira Santa pronunciada pelo Bispo Monsenhor Leonidas Proaño no de 1980.
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O Povo te fez Santo.

Neste dia, 24 de março de 1980, 36 anos atrás, Mons. Oscar Arnulfo Romero, deu sua vida em defesa dos direitos dos mais pobres e excluídos pela sociedade dominante.

Nós todos queremos que sua memória seja mantida viva e, especialmente, a sua mensagem e sua palavra seja praticada, já que esta é a melhor maneira de retribuir o legado enorme e profundo de Mons. Romero e todos os inúmeros mártires que deram suas vidas em defesa doa direitos.

Mons. Romero vive na memória do nosso povo.

Abaixo compartilho a Homilia Quinta-feira Santa  pronunciada por Mons. Leonidas Proaño.
fraternalmente
Surimana
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HOMILIA DE JUEVES SANTO Mons. Leonidas Proaño, 1980

Hermanos: Durante unos breves minutos más yo voy a hacer unas reflexiones tomando el Evangelio en nuestras manos, el que hemos leído, pero antes de hacerlo quiero hacer un breve relato primero de la muerte de Mons. Óscar Arnulfo Romero, y luego, de los acontecimientos de los cuales fui testigo el último domingo.

Mons. Óscar Romero fue asesinado en la Capilla del Hospital La Providencia de San Salvador mientras decía la Misa en recuerdo, en memoria de una señora que había sido también asesinada. Dos años de su muerte.

Pronunciaba su homilía, acababa de pronunciarla, se disponía a hacer el ofertorio. Qué mejor ofertorio que éste de su vida. Sonó un disparo certero, le llegó directo al corazón. Y cayó desplomado. Muerte instantánea. Ríos de sangre brotaron por su boca, por sus narices y aún por sus ojos.

He estado en la capilla en donde fue asesinado, y allí se exhiben diversas fotografías, porque por coincidencia estaba un fotógrafo allí y pudo tomar toda una secuencia de fotografías del acontecimiento.

El asesino huyó de inmediato y no pudo ser capturado, ni siquiera reconocido.   Por esta razón en la declaración que hicimos y firmamos todos los Obispos que estuvimos reunidos allá, hemos dicho que la Misa de Mons. Romero es una Misa inacabada, inconclusa. Y nos hemos comprometido a terminar esa Misa, a llevar a nuestros pueblos la misma voz que él llevó a su pueblo salvadoreño. La misma voz del Evangelio. La misma voz  del amor que es capaz de entregar la vida, para concluir su Misa.
Luego, ¿de qué fui testigo el domingo último? Se organizó la procesión de Ramos desde la basílica del Divino Corazón hasta la Catedral, distancia unas diez cuadras. La procesión transcurrió sin ningún incidente. La Misa se empezó de inmediato en el atrio mismo de la Catedral que daba frente a la Plaza Barrios. La gente, el pueblo colmaba la Plaza. El Cardenal Corripio Ahumada, cardenal mexicano, fue delegado por el Papa para representarlo ante la Iglesia de El Salvador en los funerales y en el sepelio.

Y, en nombre del Papa Juan Pablo II, el Cardenal estaba pronunciando su homilía, estaba exaltando la figura de Mons. Romero como hombre que siguió a Jesús, como hombre que sintió en el fondo de su corazón el amor al pobre, el amor a la persona que sufre. Estaba exaltando la figura de Mons. Romero y diciendo que él se comprometió con la justicia, con los pobres, que fue un hombre coherente, es decir, que lo que él pronunciaba y proclamaba con las palabras lo vivía con los hechos, con las obras, desafiando  todas las amenazas de que había sido ya víctima en  tantas otras épocas anteriores.
Eso iba diciendo el Cardenal Corripio, cuando una bomba explotó en una de las esquinas de la Plaza, delante del Palacio Nacional, mientras desfilaba un grueso concurso de gentes de lo que allá llaman la Coordinadora de Masas y mientras el pueblo estaba, como estáis vosotros aquí, congregados frente al templo de la Catedral.

Fue, queridos hermanos, algo espantoso, algo que no se me borrará de la memoria y de la imaginación. Ver, desde las gradas de la Catedral,  como esa muchedumbre empezó a moverse, a imagen de cómo se mueve el mar cuando está muy agitado, en búsqueda de un refugio.
En un primer momento, quiso buscar un escape por la esquina derecha de la Catedral, pero, tan pronto como se dirigía esta masa en esa dirección, otra bomba en esa esquina, amedrentó a la gente que se volvió hacia atrás, produciendo como podréis comprender vosotros un desorden extraordinario, y era un solo alarido el que subía desde la plaza. Buscó otra salida por la otra esquina y una nueva bomba  y disparos de ametralladora y de fusil cerraban todas las puertas.
Por las cuatro esquinas quiso salir el pueblo y se le cerraron las puertas. Entonces, desde la Catedral se les llamó para que se refugiaran por lo menos cuantos pudieran en ella. En la Catedral por grande que es no había espacio necesario para dar cabida, para dar refugio a tantas decenas de miles que se habían congregado allí. Fue algo horrible. Murieron tanto por el impacto de las balas, por las esquirlas de las bombas, como también pisoteados, ahogados por ese vaivén de la muchedumbre.
A tres metros de distancia de donde yo estaba, ya dentro de la Catedral, murió una señora de un ataque al corazón, en fila se pusieron en ese mismo momento once muertos. Y después, subió a más alto número el de muertos ocurridos en ese tremendo día.

Teniendo presentes estos hechos. Aquí tenemos otra misa inacabada. Se interrumpió la homilía del representante del Papa, se interrumpió la Misa. No fue posible darle sepultura con la Misa, sino simplemente, un responso en medio de ese gran desorden, de ese caos que se produjo allí. Dos misas inacabadas, dos misas inconclusas. Se ha llegado al sacrificio, se ha muerto a mucha gente en este último domingo. Tenemos que concluir esa Misa no solamente en el acto litúrgico, en el acto de culto, sino viviendo nuestra fe, comprometiéndonos a amar a nuestros hermanos, comprometiéndonos a establecer una sociedad nueva, una sociedad justa, una sociedad más humana tal como vienen clamando los Papas, los últimos pontífices de la Iglesia.

Después de esto tomamos pocas palabras del Evangelio. Hemos escuchado este trozo: Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de salir de este mundo al Padre, amó a los suyos que quedaban en el mundo y los amó hasta el extremo.
Sabía Jesús, en un Jueves como hoy, que había llegado la hora de salir de este mundo. Era la víspera de su sacrificio. ¡Qué coincidencias las que estamos viviendo! Pero quiero destacar tres palabras: Habla aquí de los suyos. Amó a los suyos. ¿Quiénes eran los suyos en relación con Jesús? Sus apóstoles: Pedro, Juan, Santiago, Bartolomé y todos los demás, estos eran los suyos. Los suyos: su madre. Los suyos: las mujeres que lo acompañaron en su peregrinaje de proclamación de la Buena Nueva. Los suyos: los pobres, aquellos a quienes había curado de tantas enfermedades. Los suyos: todos aquellos a quienes resucitó, a quienes devolvió la vida. Los suyos: todos aquellos a quienes liberó del temor y del pecado. Estos eran los suyos.

Y dice el Evangelio “los amó”, “amó a los suyos”. Quiere decir que todos estos que he señalado eran los amigos de Jesús, eran aquellos a quienes Jesús mismo dijo: Ya no os llamaré siervos, os llamaré amigos porque os he revelado todos los secretos de mi Padre. Solamente al amigo se le revela los secretos, los secretos del Padre había revelado Jesús a sus amigos. Los apóstoles eran gente pobre, eran gente humilde, estos eran sus amigos, a ellos había revelado los secretos del Padre. Ellos conocían al Padre habiendo conocido a Jesús. Felipe: el que me ve a Mí, ve al Padre. Vivían realmente en la intimidad del misterio de Dios, en la intimidad del corazón de Cristo, estos amigos suyos.

Y destaco la otra frase, la otra palabra: los amó hasta el extremo. ¿Hasta qué extremo? Hasta el extremo de dar la vida. Ya Él había dicho una vez: No hay amor más grande que aquel de quien da la vida por sus amigos. Y Él dio la vida por sus amigos.

Mañana mismo vamos a actualizar el misterio de la muerte de Cristo por sus amigos. En relación con los acontecimientos que nos han congregado en esta tarde aquí.

Fui amigo de Mons. Romero. Se tejieron lazos de amistad, de fraternidad entre la Iglesia de Riobamba y la Iglesia de San Salvador, desde años atrás. Estuvimos juntos en Puebla. Luchamos dentro de la Conferencia hombro con hombro. Estuvo aquí un  sacerdote jesuita que trabajó en su diócesis: Rutilio Grande y aquí, en la experiencia que tuvo en el trabajo con las comunidades campesinas aprendió también a sacrificarse. Y él fue asesinado también por la espalda, junto con dos campesinos, mientras se dirigía a celebrar la Misa. Y esta muerte de Rutilio Grande impactó profundamente en la vida de Mons. Romero y se comprometió desde entonces más a fondo con el pueblo, con los pobres, con la justicia.

Los suyos, los de Mons. Romero: los campesinos, los pobres, los que no tenían voz. Él hablaba cada domingo para denunciar valientemente, con  nombres concretos de lugares y de personas, todos los asesinatos que se estaban cometiendo, todas las represiones que se realizaban en contra de humildes campesinos, en contra de los trabajadores. Esos fueron sus amigos. Los amó. Y porque los amó y los amó entrañablemente les entregó su corazón, les entregó su cabeza, les entregó su vida y les entregó en esa denuncia a que he hecho referencia, en ese acercamiento, podían los campesinos, podían los pobres, podían los trabajadores acercarse hasta él con toda confianza para decirle: esto está sucediendo con nosotros, aquí ha sido asesinado mi hijo, acá ha sido asesinado mi hermano, esta es la situación de nuestro recinto, de nuestra comunidad, nos han echado de nuestras casas, han abaleado a una manifestación, y él, mientras los medios de comunicación colectiva estaban acallados por la amenaza y por el terror, él levantó siempre su voz con valentía para denunciar ante el mundo entero lo que estaba sucediendo en el interior de su país. Porque los amó. Amó a los suyos.
Y tanto los amó. Los amó hasta el extremo, como Jesús. Hasta dar su vida. Ya había recibido amenazas de muerte. Cuando llegó a Puebla ya escuchamos que le habían amenazado de muerte  y que no podría volver a su país, pero volvió.

Quince días antes habían colocado en la Catedral desde donde él hablaba por radio, y era retransmitida su alocución a través de una potente radio y se le podía escuchar aquí y en la Argentina y en otros países, habló con una constancia grande, con una serenidad grande, con un amor grande, con una valentía muy grande. Y allí se le había colocado una carga de dinamita capaz de volar toda la manzana en donde estaba la Catedral. Si esa bomba de dinamita hubiera explotado habría habido que lamentar centenares o tal vez millares de muertos porque muchísima gente acudía a escucharle sus homilías largas y denunciadoras. Viendo que les fracasó este último intento parece que pagaron a un criminal avezado y le clavaron la bala en su corazón. Por eso, creo que no es exagerado llamarle como le hemos llamado profeta y mártir. Profeta de nuestros tiempos, mártir de nuestros tiempos. No fue un líder político, no fue un hombre que luchó por ambiciones personales. Fue un hombre que luchó por la justicia. Fue un hombre que luchó por el Evangelio. Fue un hombre que no dejó, que no permitió, que no cedió el puesto de un cristiano auténtico que siguió al pie de la letra las enseñanzas de Cristo. Por eso, profeta y mártir de nuestra América Latina. Profeta y mártir del hermano pueblo de El Salvador.

 Quiero terminar hermanos para continuar con el sacrificio eucarístico, haciendo simplemente unas preguntas, unas preguntas que querría yo fueran cuestionadoras de nuestra vida, fueran curativas de lo que pudiéramos tener de egoísmo, de cobardía, de timidez antievangélica. Preguntémonos y contestémonos en nuestro interior. A ejemplo de Jesús, ¿quiénes son los nuestros?, ¿a quiénes podemos llamar los nuestros, los míos?, ¿son los pobres?, ¿son los compadres ricos?, ¿son los poderosos?, ¿son las palancas?  

Si nosotros tenemos que seguir las huellas de Jesús: preguntémonos. Él llamó los míos, el Evangelio dice “los suyos”, a sus apóstoles extraídos de entre el pueblo pobre, a los pobres que Él curó, a los pobres que Él defendió. Estos eran los suyos, los de Jesús.

Nosotros, cristianos, ¿a quiénes podemos llamar los nuestros? Es cuestión de opción. Segunda serie de preguntas, que van por el mismo camino. ¿A quiénes llamamos nosotros nuestros amigos? ¿Nos honramos mucho, nos gloriamos de tener por amigos a personas influyentes? O, ¿hemos convertido en nuestros amigos a los pobres?, ¿a los niños desarrapados?, ¿a los cargadores que por su misma presencia, aquí en la ciudad, denuncian un sistema de injusticia en que vivimos?, ¿a los pobres, a los demacrados, a los que no tienen pan para comer todos los días, a los que no tienen trabajo, a los betuneros, a los que aun cuando trabajen no les alcanza para poder sostener a su familia, a sus hijos? ¿Les llamamos amigos a éstos? ¿Son en realidad nuestros amigos?

Y la última serie de preguntas: Nosotros, todos y cada uno de los que estamos aquí presentes, sin palabrerías, sin vanidades, sin exhibicionismos, ¿estamos dispuestos a dar qué a favor de los nuestros, a favor de nuestros amigos? ¿Qué les vamos a dar? ¿Estamos dispuestos a dar de lo que tenemos? Puede ser que haya mucha gente… el pueblo de Riobamba y el pueblo de Chimborazo es muy generoso, está dispuesto a dar de lo que tiene. Sea el momento de agradecer por la generosidad con la que prestamos nuestra ayuda al pueblo de Nicaragua en dos ocasiones y últimamente también al pueblo salvadoreño. Sí, es generoso. Pero, ¿será suficiente dar una partecita de nuestra pobreza? ¿Será suficiente dar una ayuda esporádica? O, ¿qué más tendremos que dar?.

Cristo empezó dando su mensaje, mensaje de salvación, mensaje de liberación, la Buena Noticia, la Buena Nueva, para eso vino a la tierra. El cristiano está en la obligación de recibir también esta misión de llevar el mensaje a sus hermanos, de enseñar ese mensaje de Cristo, ese mensaje de salvación, el auténtico mensaje de salvación, ese que está destinado a liberar a los hombres de todas las cadenas, porque está destinado a ser libre.

Ese mensaje, tenemos la obligación de llevarlo, de dárselo a nuestros hermanos, de multiplicar por lo mismo, las organizaciones, las comunidades eclesiales de base, todo tipo de organización, al seno de las cuales podamos llevar este mensaje de Cristo.

Tenemos que dar, dar el mensaje, pero algo más, ¿qué más? Darnos nosotros mismos, dar de nuestro tiempo, dar de nuestra vida, de nuestras preocupaciones, no encerrarnos en nuestro egoísmo, no movernos únicamente dentro de nuestra capa, no, mirar hacia fuera, contemplar, descubrir, compartiendo las angustias, las incertidumbres, la pobreza, los dolores de tantos hermanos nuestros. ¡Démonos! ¡Demos el corazón! ¡Demos nuestro amor a nuestros hermanos!

El mandamiento del amor es el mandamiento fundamental del cristiano, esa es la única garantía de que somos de verdad cristianos, si amamos al prójimo, si amamos a nuestros hermanos, con un amor grande. No vamos a predicar el odio, no, es el amor, este es el objeto de nuestra preocupación, como cristianos tenemos que amar y si es necesario como consecuencia de todo lo dicho, dar la vida, dar la vida por nuestros hermanos, entregar esto que más apreciamos, a lo que más está apegado nuestro corazón, la vida, como Cristo, como tantos otros mártires de América Latina en nuestros últimos tiempos, como este profeta y mártir de El Salvador, Mons. Óscar Arnulfo Romero.

Que el Señor, que Jesús, nuestro Salvador, nuestro Liberador, con toda su luz, con toda su fuerza esté en cada una de las vidas de ustedes, en cada uno de los corazones de ustedes y que ustedes sepan corresponder a este llamado que hace el mismo Señor Jesús a todos cuantos nos llamamos cristianos, demos, démonos, entreguemos nuestra misma vida.

FUNDACIÓN PUEBLO INDIO DEL ECUADOR


recebi por email do amigo
THIESCO CRISÓSTOMO


segunda-feira, 24 de agosto de 2015

A encíclica verde de Francisco

Maurício Waldman, sociólogo e Doutor em Geografia e mestre em antropologia, em artigo publicado pelo jornal O Imparcial, 16-08-2015. 
São claros os sinais do quanto o pontificado do papa Francisco volta-se para questões candentes do novo milênio. Neste particular, o argentino Jorge Mario Bergoglio é um papa cujo modo de ser e de pensar granjeou-lhe em pouco tempo efusiva popularidade.
No campo católico, no seio das múltiplas vertentes cristãs e em largos setores da opinião pública mundial, papa Francisco projetou imagem de simpatia e receptividade. Em boa parte, a estima pelo papa firmou-se por sua disposição em abrir portas para o diálogo para toda sorte de temas e dilemas do mundo atual.
Assim, além de pronunciar-se sobre litígios internacionais, debates interconfessionais e matérias doutrinárias, o papa se deteve sobre a temática ambiental, debate que como sabemos, é essencial para a continuidade da espécie humana e de todas as formas de vida.
No caso, a contribuição do pontífice materializou-se na Encíclica Laudato Si. Prontamente definida como “Encíclica Verde” do papa, de fato, longe de mera adjetivação, inúmeras são as razões que justificam tal percepção. A este respeito, uma nota matricial reporta ao próprio nome adotado pelo papa, inspirado em São Francisco de Assis, santo católico impregnado de simbolismo ecológico.
Com efeito, a pregação franciscana - marcada pela compaixão por todos os seres vivos e pelos pobres - encerra forte conexão com o ideário ambientalista. Neste sentido, a predileção do papa por Francisco de Assis configura uma pista para a compreensão da Laudato Si.
A presença da doutrina de São Francisco na grade conceitual da Laudato Si é inquestionável. A predisposição da Encíclica em defesa da integralidade da Criação - evidente no subtítulo “Sobre o cuidado da Casa Comum” - objetivamente a insere na órbita das pregações franciscanas. Ademais, não é nem um pouco fortuito que Laudato Si seja o nome de famoso cântico atribuído ao santo.
Citado no preâmbulo, o ideário de São Francisco constitui fio condutor de muitas pontuações do documento, seja em menções textuais ou como pressuposto da argumentação. No mais, o fato da Laudato Si ter redação na primeira pessoa do singular confirma os elos que conectam o papa e a Encíclica com a mensagem franciscanista.
Nesta perspectiva, Laudato Si, ao mesmo tempo em que retoma o pensamento visionário de São Francisco igualmente atesta o enorme potencial de interações possíveis entre o meio científico e as visões religiosas de mundo.
Certo é que a experiência religiosa é específica na sua forma de ser. Tendo a fé como elemento fundante, pode inclusive contrapor-se à lógica científica. Mas, embora ciência e religião tenham corporificado ao longo da história do Ocidente duas vocações em vários contextos atritando entre si, em nada isto compromete a possibilidade de objetivos comuns. 
Note-se que o papa Francisco é ele mesmo um homem com formação técnica. Na juventude, Jorge Mario Bergoglio graduou-se em química e trabalhou no Laboratório Bachmann em Buenos Aires. Portanto, não é de modo algum um cidadão que desconheça o saber científico.
Daí que Laudato Si elenca em defesa do ambiente ampla coleção de dados técnicos de excelência. Um bom exemplo do intercâmbio potencial entre ciência e religião, do saber científico como subsídio para visões de mundo filiadas à predicação religiosa.
Não seria demasiado rubricar que informação não é conhecimento e que isoladamente, este último não é sabedoria. A saber, a materialidade social é avessa a lógicas reducionistas. Existem bons cientistas e existem bons homens de fé. 
Laudato Si é neste sentido uma iniciativa ímpar. Une argumento científico e fé religiosa, voltando-se para o que há de mais essencial: a defesa dos ciclos de vida para o benefício da totalidade da Criação.
in Instituto Humanitas Unisinos, 24 de agosto de 2015.

terça-feira, 28 de julho de 2015

A morte de Rafael pelo Bope e o genocídio de nossa juventude. Por Jean Wyllys

Mais uma vítima do BopeMais uma vítima do Bope
Publicado por Jean Wyllys no facebook:
Estou muito comovido por esta notícia e peço a vocês que dediquem alguns minutos para ler o que vou contar. Hoje mais cedo, através de amigos e assessores, soube da morte de Rafael Camilo Neres, um jovem trabalhador de 23 anos que foi assassinado pelo Batalhão de Operações Especiais (BOPE) da Polícia Militar do Rio de Janeiro no domingo à noite, enquanto entregava uma pizza no Morro da Coroa, no Rio Cumprido. Sim, ele era entregador de pizza, mas com esse emprego não ganhava o suficiente para viver, então trabalhava também fazendo entrega de livros para uma editora independente.
“Estou em estado de choque. Rafael, o nosso entregador, foi morto ontem pelo Bope”, contou o dono da editora, Sergio Cohn, a um dos meus assessores. “O Bope já está colocando ele como criminoso, apresentaram armas como se fossem dele. Vão tentar desqualificar. Ele era um garoto que criou uma empresa de entregas e, embora muito jovem, era muito sério e maduro, tanto que conversávamos em dividir um espaço para estocagem e logística conjunto. Lembro de Rafael ter feito outra entrega extraordinária, dois meses atrás, em um sábado na Casa Daros, para o lançamento da revista Mesa. Quando chegou, comentei que tinha ficado preocupado que ele não viesse, por conta de ser feriado e ter sido solicitado muito em cima hora. Ele respondeu imediatamente: ‘Não falto em compromissos’, mostrando sua seriedade e rigor”, diz Cohn. Eu já coloquei meu mandato a disposição dele e vou tentar contato com a família de Rafael.
A história se repete. A polícia chega na favela atirando, em alguma suposta operação “contra o tráfico”, mais uma vez, nessa absurda guerra contra as drogas que custa milhares de vidas. E sempre alguém morre. Às vezes, alguém envolvido no tráfico, geralmente um rapaz que chegou na “boca” procurando um meio de subsistência, numa sociedade que oferece a ele poucas alternativas. Outras vezes é um policial, que por um salário miserável arrisca a vida. Outras vezes, como aconteceu com Rafael, é alguém que simplesmente estava ali por alguma outra razão, como a entrega de uma pizza. Não vou falar em “vítima inocente”, porque inocentes são todos. Qualquer pessoa executada ilegalmente pelas forças de segurança é inocente. Só é culpado quem for condenado pela justiça depois ser julgado com direito de defesa e de acordo com a lei, e a execução não está prevista como pena no Código Penal. Não há, portanto, execuções justificáveis. Nenhuma.
Contudo, quando elas acontecem — e acontecem o tempo todo — a primeira reação da polícia é ocultar o crime dizendo que a vítima “era traficante”, palavra que é usada com uma grande flexibilidade semântica, incluindo desde Pablo Escobar até um menino de 16 anos que fazia uma bico para “o dono” do morro. Provas são plantadas, armas aparecem, drogas que não estavam ali são achadas. Às vezes, pouquíssimas vezes, algum jornalista investiga, a família ou os amigos conseguem falar com um parlamentar como eu, alguma ONG intervém, uma parte da classe média se comove, faz barulho e consegue ser ouvida de uma forma que os que moram no morro nunca são. E a verdade acaba sendo contada. Contudo, infelizmente, na maioria das vezes não é assim. O caso é fechado com a alegação de que a vítima era “traficante”, “bandido”, “marginal” — palavras que não são usadas quando um jovem branco, morador da Barra, vende drogas sintéticas numa festa badalada — e a manchete do jornal elogia o trabalho dos policiais. É o cotidiano de quem mora naqueles territórios das nossas cidades onde o Estado só chega em forma de blitz, caveirão e tiro de metralhadora.
A família de Rafael está tendo dificuldades para retirar o corpo do IML. Testemunhas contaram que o jovem pediu ajuda após tomar o primeiro tiro e o policial do BOPE pediu para as pessoas se afastarem, para ele poder “acabar o serviço”, e o baleou novamente. Um tiro no peito e outro no rosto. Enquanto a Câmara dos Deputados debate a infame proposta de redução da maioridade penal, o que vigora na vida real das favelas e das periferias é a pena de morte, executada pelas polícias no vácuo da legalidade. A polícia acusa, julga, condena e executa. E a justificativa disso é a fracassada e absurda “guerra às drogas”.
Segundo o Instituto de Segurança Pública (ISP), só no Rio de Janeiro, em 2013, houve 4761 homicídios, 16,7% mais que em 2012. Desse total, 416 foram assassinatos cometidos pela polícia e registrados sob o eufemismo de “auto de resistência”. O panorama é assustador em todo o país. Entre 1980 e 2010, a taxa de mortalidade por armas de fogo no Brasil cresceu de 7,3 a 20,4 por cada 100 mil habitantes, mas esse número, já altíssimo, dobra quando falamos dos jovens: quando as vítimas têm entre 15 e 29 anos, a taxa é 44,2. E a principal causa disso é a guerra às drogas.
Precisamos acabar com esse genocídio da nossa juventude, que atinge principalmente a juventude negra, pobre e favelada. É uma realidade que os poderes públicos não fazem nada para reverter. E precisamos desmilitarizar as polícias e acabar com a lógica de exército de ocupação e combate contra os destituídos de cidadania que elas praticam, amparadas por governos e pelos discursos fascistas que proliferam na grande mídia. Se não mudarmos com urgência esse quadro, vamos continuar chorando mais e mais meninos como Rafael.
Precisamos dizer basta a essa lógica perversa. Não acabou, tem que acabar.

in: 
Postado em 28 jul 2015